Por Camile Guzmán
La fastuosa reinauguración del Mercado San Miguelito por $34 millones no ha logrado sepultar el debate más ancestral y poderoso de la historia económica: la persistencia de la brujería.
Mientras el Gobierno publicita una modernidad aséptica, la controversia sobre la permanencia de las hierberías dentro del Mercado San Miguelito —cargadas de amuletos, inciensos y medicina herbolaria— revela una fisura ideológica profunda.
Esta no es una simple disputa sobre comercio informal; es el choque frontal entre el capitalismo neoliberal, que busca privatizar hasta la esperanza, y los saberes populares y ancestrales que se niegan a ser incinerados. La polémica salvadoreña es la continuación de una guerra que tiene cinco siglos.
La infame Caza de Brujas europea (siglos XV-XVII), lejos de ser un delirio religioso, fue un brutal mecanismo de acumulación. Como demostró Silvia Federici, la hoguera fue la herramienta del naciente capitalismo para despojar a las mujeres —curanderas, parteras, herbolarias— de sus conocimientos y autonomía sobre sus cuerpos y la reproducción social.
La quema sistemática constituyó un auténtico holocausto feminicida que sentó las bases para la disciplina del trabajo, la expropiación de saberes y el control patriarcal. La yerbería ubicada en el Mercado San Miguelito, en este contexto, no es una tienda de baratijas; es un archivo de resistencia viva, un vestigio tenaz que la violencia fundacional del capital no pudo borrar por completo.
El ataque a la hierbería hoy es un asalto a la autonomía cognitiva y espiritual. En un ecosistema dominado por la Medicina Grande Farma y la captura total de la vida por el mercado, las prácticas ancestrales actúan como una trinchera.
Filósofos como Stengers y Pignarre han teorizado que estas prácticas son una “brujería capitalista” por su capacidad de operar fuera de la lógica de la mercantilización total. Cuando la salud, el bienestar y el alivio emocional se cotizan en bolsa, el conocimiento popular y accesible de la herbolaria se convierte en un acto subversivo.
La crítica a la “superstición” en el modernizado Mercado San Miguelito es, en realidad, el clamor del capital por limpiar su paisaje de cualquier forma de poder y conocimiento que no pueda ser cifrado, vendido o regulado.
Por ello, la bruja se ha transformado en un símbolo global de empoderamiento feminista.
El grito “Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar” resuena desde los movimientos de los años 60 hasta el activismo actual, reivindicando la figura femenina autónoma, sabia y conectada a la naturaleza, desafiando el orden patriarcal.
El Mercado San Miguelito se convierte, así, en una metáfora arquitectónica de esta batalla cultural. Detrás del cemento pulido y los estándares de higiene, late la pregunta fundamental: ¿Quién tiene derecho al conocimiento y al poder?
El Mercado San Miguelito no es solo un centro de abastos; es un campo de batalla ideológico donde el incienso, la hierba medicinal y el amuleto demuestran que la hoguera, aunque modernizada, nunca se apagó, y la resistencia sigue ofreciendo sus propias curas.
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