Por Camilo Edgardo Guzmán Guevara
Nosotros, los cuerpos subalternos, los que no encajamos en el modelo hegemónico impuesto por siglos de dominación, alzamos la voz. Lo hacemos desde la carne, desde el deseo, desde la crítica, desde la memoria. Lo hacemos porque el silencio también es una forma de tortura.
Rechazamos el modelo hegemónico que exige ser hombre, heterosexual, masculino, caucásico y rico. Ese binomio griego —“eje” como posición y “monio” como protección— ha sido convertido en una máquina de exclusión. Bajo esa lógica, nuestros cuerpos son considerados deficientes, nuestras expresiones afectivas son reprimidas, y nuestras existencias son vigiladas.
Denunciamos al ejército como dispositivo de obediencia perfecta, no como maquinaria de protección nacional. El ejército no es símbolo de soberanía, sino de uniformidad, de subordinación, de espectáculo del poder. Se le asignan millones mientras se desangran los presupuestos de salud, educación y cultura. En todos los países del planeta, sin excepción, el poder militar se exhibe como epítome de la dominación del hombre sobre el hombre.
Reivindicamos el pensamiento crítico como forma de resistencia. Citamos a Michel Foucault no como adorno intelectual, sino como herramienta de combate. Su análisis del panóptico —ese ojo invisible que todo lo ve— nos revela que la vigilancia ya no está en la cárcel ni en el manicomio: está en nuestras ciudades, en nuestras mentes, en nuestros gestos. Todos vigilamos a todos. El poder nos ha convertido en sus agentes.
Nos rebelamos contra esa arquitectura del control. Contra los regímenes disciplinarios que nos quieren uniformar. Contra las leyes estúpidas que prohíben el afecto en espacios públicos. Contra los asesinatos impunes de personas trans. Contra los vigilantes que expulsan a parejas por besarse en la grama. Contra los sistemas que nos asignan como locos o delincuentes por pensar distinto.
Reivindicamos el derecho a la diferencia. A la crítica. Al pensamiento libre. A la expresión del deseo sin culpa. A la ternura sin censura. A la risa como forma de subversión. A la construcción de espacios donde podamos burlarnos del sistema… incluso del que llevamos dentro.
Celebramos a Costa Rica como ejemplo de abolición del ejército y de apertura a la diversidad. Pero no idealizamos. Sabemos que América no es un paraíso, pero es un territorio en disputa, en reinvención constante. Y nosotros somos parte de esa reinvención.
Este manifiesto no es una conclusión. Es una apertura. Es una invitación a pensar, a sentir, a resistir. A construir redes de afecto, pensamiento y acción. A desmantelar el panóptico. A liberar el cuerpo. A dignificar el deseo.
Porque no queremos ser vigilados. Queremos ser vistos. Queremos ser amados. Queremos ser libres.
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